20. Kraken
Kraken II(1988 - CODISCOS)
Con Kraken II, lanzado en diciembre de 1989 bajo el sello Codiscos, la banda colombiana Kraken no solo consolidó su lugar en el panteón del metal latinoamericano, sino que elevó su propuesta a un nivel audaz y progresivo. Este segundo álbum, liderado por el icónico vocalista Elkin Ramírez, marcó un giro artístico al incorporar sintetizadores y una producción pulida, sin perder la esencia cruda que los definió desde sus inicios. Tras su debut en 1987, Kraken II sorprende con una madurez creativa inesperada. Canciones como "Vestido de Cristal" encapsulan la dualidad del disco: potencia melódica y letras introspectivas. El tema, con su riff contagioso y la voz desgarrada de Ramírez, explora la fragilidad humana tras apariencias impenetrables, mientras que "Palabras que Sangran" y "Una Vez Más" combinan agresividad rítmica con reflexiones sobre perseverancia y dolor.
La inclusión de teclados (a cargo de Víctor García) añade capas atmosféricas, especialmente en joyas infravaloradas como "Camino a la Montaña Negra", donde el metal se entrelaza con pasajes progresivos. La base instrumental —con Hugo Restrepo en guitarra, Jorge Atehortua en bajo y Gonzo Vásquez en batería— demuestra solidez, aunque es Ramírez quien centra la atención con su registro vocal, comparable a figuras como Barón Rojo. Más que un disco, Kraken II es un manifiesto. Letras como las de "Al Caer las Murallas" (un llamado a derribar barreras) o "Esclavos de las Sombras" (crítica a la opresión) resonaron en una Colombia en transición, pero su mensaje trasciende lo local. La producción de Jairo Álvarez en Midi Mix Studios logró un equilibrio entre crudeza y detalle, capturando la energía en vivo que los caracterizaba.
Aunque algunos críticos señalan su apego a fórmulas demasiado establecidas de su tiempo, el álbum destaca por su autenticidad. Cuatro décadas después, sigue siendo un puente entre el metal clásico y las nuevas generaciones, confirmando que Kraken no fue solo un fenómeno local, sino un faro de identidad y resistencia sonora. Para los amantes del género, este disco no es nostalgia: es una lección de cómo el metal habla en español sin pedir permiso.
19. Kortatu
Kortatu(1985 - SOÑUA)
En 1985, en medio de la tensión política del País Vasco —con los ecos de los GAL, la reconversión industrial y un clima social fracturado—, Kortatu irrumpió con un disco homónimo que sería mucho más que música: un manifiesto generacional. Este álbum, mezcla explosiva de ska, punk y actitud desafiante, no solo definió el rock radical vasco, sino que lo elevó a artefacto de resistencia cultural. Con guitarras nerviosas, ritmos trepidantes y letras que escupían consignas, Kortatu es un viaje sin concesiones. Tracks como "Nicaragua Sandinista" y "Sarri, Sarri" (en euskera, himno coreado incluso fuera del País Vasco) encapsulan su fórmula: ska acelerado, punk crudo y una ironía mordaz. La versión de "Jimmy Jazz" (original de The Clash) no es mera imitación: es una reescritura urgente, con trompetas estridentes y un tempo que desborda rabia contenida.
Las influencias de The Clash son evidentes, pero Kortatu las reinventa con identidad vasca. En "La Cultura", parodiando cómics de Robert Crumb, ridiculizan la intelectualidad vacía: «Uno cree que aprender es importante / y se convierte en un jodido intelectual». En "Desmond Tutu", cuestionan el Nobel de la Paz otorgado mientras Nelson Mandela estaba preso, mezclando crítica política con riffs contagiosos. El disco navega entre la sátira y la denuncia. "Don Vito y la revuelta en el frenopático", inspirada en un cómic anarquista, es caos puro con trompetas psicodélicas, mientras "La Familia Iskariote" samplea misas católicas al revés, criticando la complicidad eclesiástica. Fermín Muguruza (voz) e Íñigo Muguruza (bajo) convierten la angustia en provocación: «Odio a todo el mundo / estoy lleno de mezquindad / y rezo para que llegue / una guerra nuclear» ("Tatuado").
Cuatro décadas después, Kortatu sigue siendo un puñetazo en el estómago. No es un disco perfecto —su caos es parte de su esencia—, pero sí necesario. En un mundo donde la música protesta a menudo se diluye en clichés, este álbum recuerda que la rebeldía auténtica no pide permiso: se baila, se grita y se lanza a la cara. Kortatu no solo soundtrackeó una época; le puso ritmo a la lucha. Y eso, en 1985 o hoy, nunca pasa de moda. samplea misas católicas al revés, criticando la complicidad eclesiástica.
Kortatu sonaba como una barricada sonora. Canciones como "Hernani 15/6/84" (sobre la represión policial) o "Sospechosos" (contra el plan Z.E.N.) resonaron como consignas en una juventud hastiada. No era solo música: era complicidad, un código compartido. Su genialidad está en cómo transformó el ska-punk en un vehículo para hablar de lo local sin caer en lo parroquial. Las letras, panfletarias pero poéticas, y los arreglos —trompetas cortantes, bajos funkys— crearon un sonido único, tan festivo como incómodo.
18. Divididos
Acariciando Lo Aspero (1991 - EMI)
Si hablamos de Divididos tenemos que hablar de uno de los discos más importantes de su carrera: Acariciando lo áspero salió en 1991 y fue el momento donde la banda dijo "basta, esto es lo nuestro". Porque el debut 40 Dibujos Ahí En El Piso estaba bueno, sí, pero sonaba demasiado a Sumo, la banda anterior de Mollo y Arnedo. Acá encontraron su propia identidad: un power trío demoledor, con un sonido crudo, pesado y súper versátil.
El disco arranca con "El 38", un tema 100% rocanrolero que te pasa por arriba a la primera escucha. Después baja un poco con "Sábado", con esa onda funk que ya venían trayendo de Sumo, y te deja en un mood más tranqui. Pero enseguida vuelve la intensidad con "Cuadros Colgados", un misil punk con esa letra que dice "No era de tango ni de rock", imposible no imaginarse el quilombo en vivo. La versión de "Cielito Lindo" es un homenaje hermoso a la música mexicana, y "¿Qué tal?" y "Sisters" te muestran esa influencia anglo y de Sumo que nunca dejaron del todo.
Pero el plato fuerte viene con "Ala Delta", un himno total. Un temazo que podés escuchar mil veces y no te aburre nunca. Ahí se luce Diego Arnedo con unas líneas de bajo tremendas, y Mollo demuestra por qué le dicen el Jimi Hendrix argentino. "Y la virgen pasó haciendo Ala Delta", imposible no corearla a todo pulmón. Después llega "Azulejo", la más funk, agresiva y rockera del disco, con una entrada de bajo que te vuela la cabeza y riffs que recuerdan a Primus.
En la recta final aparece el tridente "El Burrito", "Jamelosapoi" y "Paraguay", mostrando diversidad musical y esa influencia del rock yanqui de antaño. Y para cerrar, un homenaje al gran Jimi Hendrix con "Voodoo Child", donde Mollo muestra toda su técnica en la guitarra. No por nada le dicen el Jimi Hendrix argentino, y no es exageración, el tipo es un tremendo guitarrista.
En resumidas cuentas, un disco sin desperdicio alguno. Fue el grado cero de Divididos como "la aplanadora del rock". Consolidó un sonido pesado pero versátil, que cruzaba rock duro con funk, reggae, punk y hasta folclore. Demostró que se podía hacer rock duro en español sin perder identidad, integrando ritmos locales y covers impensados. Fue el impulso que los llevó a la masividad y sentó las bases para "La era de la boludez" (1993). Un disco que resiste el paso del tiempo y que marcó el camino para un montón de bandas posteriores en Argentina y Latinoamérica.
17. Vox Dei
Caliente (1970 - Mandioca)
"Caliente" (1970) es de los segundos. Fue el primer y único LP que Vox Dei grabó para Mandioca —el sello soñador de Jorge Álvarez y Pedro Pujó, esa apuesta valiente por el rock en castellano cuando casi nadie creía en la idea—, y lo hicieron en los Estudios TNT de Buenos Aires con la urgencia de una banda que ya venía calentando motores con dos simples que anticipaban la explosión: "Azúcar amarga / Quiero ser" y "Presente / Dr. Jekill".
Antes de ser Vox Dei, eran "Mach 4", curtiéndose en clubes del sur y de Capital. Pero un consejo cambió todo: un jovencísimo Spinetta les sugirió cantar en español. Sumale el clima que armaban Manal, Almendra y Los Gatos, y el resultado fue una banda lista para tirarse de cabeza a fundar algo nuevo. "Caliente" es exactamente esa foto: el momento en que todo se estaba inventando, con una energía cruda que mezcla blues rock, psicodelia y una audacia que sobra. El disco arranca sin pedir permiso: "Reflejos" es un blues de casi seis minutos y medio que se despliega como una zapada sin apuro, con la sombra de Manal presente pero con Vox Dei animándose a ir más lejos, más largo, más arriesgado. Abrir un álbum así, en 1970, era directamente una declaración de principios.
Después llega "No es por falta de suerte", donde la pluma de Soulé empieza a asomar con esa poesía que se volvería su sello. Y ahí, escondido en la letra, aparece uno de los primeros "che" cantados del rock argentino: un gesto pequeño que en realidad era enorme, la confirmación de que el rock ya hablaba con acento propio. "Cuero" es puro músculo: una intro que le guiña el ojo a Led Zeppelin, guitarras con fuzz a fondo, Willy Quiroga sosteniendo todo desde el bajo y Basoalto atacando la batería con espíritu Bonzo. Ese corte seco a mitad de tema —el silencio que se abre como una grieta— se transformaría en marca registrada de la banda, repetido después en "La Biblia" y en cada show en vivo durante años. Para la época, esto era lo más pesado que se había grabado en el país.
"Compulsión" trae el primer tema donde Soulé es protagonista absoluto: voz, vibrato y una letra melancólica con aire tanguero que ya mostraba a un compositor con identidad propia. Y "Total Qué" cierra el lado A en clave más progresiva, con una armónica que pinta atmósferas en lugar de melodías, puro gusto por jammear sin mirar el reloj. El lado B destapa la otra cara de la banda: la más melódica y luminosa. "Canción para una mujer (que no está)" es una balada sólida. Y el cierre es para "Presente", la versión más cruda y genuina de lo que después sería un clásico absoluto en "Cuero Caliente". Acá, sin pulir, ya se siente el temazo que estaba por venir.
¿Es un disco perfecto? No, y ahí está su encanto. La producción es artesanal, los instrumentos suenan modestos y la mezcla tiene sus baches. Pero es justamente esa imperfección la que lo hace irresistible: es el sonido de una banda encontrándose en tiempo real, con Yody Godoy aportando ese espesor blusero en la guitarra rítmica que más adelante, ya como trío, la banda dejaría atrás. Se presentó en el Teatro Payró ese mismo año y fue el único capítulo de Vox Dei en Mandioca, que cerró sus puertas a fines de 1970.
16. Ñu
Cuentos de Ayer y Hoy (1978 - CHAPA)
Hay debuts que anuncian una banda y hay debuts que anuncian una especie completamente nueva. "Cuentos de ayer y de hoy" (1978) es de los segundos. Madrid, plena resaca del franquismo, y un tipo llamado José Carlos Molina decide que su banda va a sonar como si Jethro Tull hubiera nacido en Castilla pero con el amplificador al borde de la explosión. El resultado es Ñu: una criatura rara, mitad juglar medieval, mitad bestia del hard rock, que once años después seguiría dando vueltas y que a día de hoy sigue sin tener una copia exacta en ningún rincón del mundo.
El disco es una fusión salvaje: violines, flautas, mellotron conviviendo puerta con puerta con guitarras pesadísimas y una base rítmica que empuja como si tuviera algo que demostrar. Lo curioso es que el folclore que maneja Molina no tiene nada de ibérico: suena celta, casi irlandés, como si la banda hubiera tomado un vuelo equivocado y hubiese aterrizado cantando en español. Esa mezcla, tan improbable sobre el papel, termina funcionando con una naturalidad que desarma.
"Profecia" abre el álbum a los golpes, con guitarras que podrían confundirse con una rareza temprana del metal británico, hasta que entra la voz de Molina —teatral, al borde de lo demente— y todo se reordena en otra dirección. De ahí en más, el disco zigzaguea sin pedir disculpas: temas cortos que van creciendo en ambición hasta desembocar en los nueve minutos de "Paraíso de Flautas", el cierre progresivo que resume toda la apuesta del álbum. Molina no solo canta y toca la flauta: dirige el tráfico de un sonido que no debería funcionar y que sin embargo se sostiene de principio a fin.
Y acá va lo que no se puede pasar por alto: Ñu fue de las primeras bandas del planeta en pegar folk y metal antes de que ese cruce tuviera siquiera nombre. Años antes de que el folk metal se convirtiera en un género con etiqueta propia en los 90, Molina y compañía ya estaban ahí, probando esa combinación de flautas y distorsión con una convicción que hoy suena visionaria. Este debut, además, es de lo más pesado que se grababa en España en 1978: mientras buena parte del prog ibérico apostaba por texturas sinfónicas más suaves, Ñu metía guitarras crudas y un ímpetu casi metálico que lo emparenta con el hard rock más duro de la década. No exagera quien dice que le allanaron el camino, sin saberlo del todo, a todas las bandas que después mezclarían su folclore local con riffs pesados.
Molina terminaría grabando más de una docena de discos con Ñu y viendo pasar a más de sesenta músicos por la banda, siempre él al mando, siempre fiel a esa idea imposible de mezclar juglares con amplificadores a fondo. "Cuentos de ayer y de hoy" es el primer capítulo de esa historia, y sigue sonando, casi cinco décadas después, como algo que no se parece a nada más..